Edición 10, septiembre de 2018

Editorial

Si hay algo que nos une a los aragoneses es, sin duda, el mudéjar. A lo largo de nuestra geografía nos lo vamos encontrando en nuestras Iglesias, en las ermitas, en nuestras torres y calles. Desde la Iglesia del Salvador en Zaragoza, a la casi derruida ermita de Gañarul en el término de Agón. Todo es riqueza y belleza la que adorna nuestros pueblos. Pero si hay dos lugares para disfrutar del mudéjar de un modo más intenso, no cabe duda que tanto Calatayud como Teruel, conservan la llamada del mudéjar de una forma más veraz, más intensa.

No solo la ciudad de Calatayud, su comarca está jalonada de iglesias e iglesias fortaleza que adornan sus pueblos y los hacen brillar con luz propia. Torralba de Ribota, Tobed o Cervera de la Cañada son tres invitaciones para disfrutar de este tipo de construcciones y decoraciones. Calatayud, que durante nueve cortos años albergo su propia Taifa, conserva restos de su existencia árabe, que como ocurriera en los diferentes territorios, a medida que se iban cristianizan-do, se iban readaptando en su imagen. De ahí la frecuencia con la que vemos inmensos alminares, reconvertidos en campanarios de iglesias. De ahí que uno de los mejores ejemplos del mudéjar sea la Colegiata de Santa María, en la capital bilbilitana, que se asienta sobre una antigua mezquita o la Iglesia de San Andrés, cuyo campanario, si seguimos las tesis de Javier Peña, tras su restauración se- ría también una readaptación de un primitivo minarete. Basten estás menciones como ejemplo e invitación a visitar la ciudad de Calatayud y su comarca.

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Pero no desfallezca el visitante que quiera buscar el arte mudéjar aragonés. También nuestra ruta del Jiloca alberga gran-des tesoros mudéjares: Iglesias como San Martín del Río, Olalla, Navarrete y Báguena. No todo son piedras en las riberas del Jiloca, la gastronomía que aprovecha la naturaleza como pocas, nos ofrece una inmensa variedad de manjares, que van desde la miel a las mayores exquisiteces que se pueden obtener del noble cerdo, cuya pata hace crecer una industria jamonera espectacular, como veremos en este mismo número de La Tajadera.

Pero si hay una ciudad por antonomasia donde reina El Mudéjar con todo su esplendor, es sin duda Teruel capital. La Catedral, las torres del Salvador, San Martín o San Pedro, por citar algunos ejemplos, hacen de la ciudad de Teruel el mejor exponente del arte que nos dejaron los artesanos moriscos que convivieron con nosotros durante más de siete siglos, hasta su definitiva expulsión iniciada en 1609 y consumada en 1613. Con ellos salió una parte del futuro de Aragón, pues dejaron yermas las tierras y disminuyó considerablemente la riqueza de este antiguo reino.