Edición 14, abril de 2019

Editorial

Estos caminos de juglares que en su día recorriera el Cid me llevan hasta otras tierras turolenses del Jiloca, y como quiera que el Cantar del Mio Cid cita dos veces a la localidad de Monreal del Campo, me acerco hasta tan noble y leal villa, títulos que adquirió la ciudad por mor de su comportamiento en el transcurso de la Guerra de Sucesión española y que el monarca borbónico agradeció sobre manera. En aquella época aún estaba el castillo que desde los tiempos de Alfonso primero el Batallador allá por el 1120 mandase este construir con el fin de proteger a modo de avanzada los terrenos que habían ganado a los almorávides tras la batalla de Cutanda, en los andurriales de Calamocha. Un castillo que el rey define como «un lugar que se halla a las fuentes del Jiloca, y que llaman los ojos». Y al igual que hará en Belchite, fundará la orden militar San Salvador de Monreal, la Militia Christi.

Pero la suerte de Monreal y su castillo fue muy dispar, siendo escenario la localidad de duros combates en las dos primeras guerras carlistas. Estos no dudaron en arrasar el castillo y de él solo quedó la explanada, justo en el centro de la localidad, donde hoy se alza casi de modo testimonial una torre, que se colocó más con el fin de dar soporte a un reloj, que como campanario de una iglesia inmensa contigua, que vino a sustituir a la también arrasada en 1840. El templo de la Natividad de nuestra Señora se edificó en el siglo XIX y destaca por su sencillez exterior y gran tamaño.

Las anchas calles y las casas solariegas de Mateo, Pedro Latorre (hundida en 2009), las Beltranas y Mateo de Gisbert, dan una idea de la pujanza de una población importante de la comarca del Jiloca, que también perteneció al igual que Torrijo del Campo, en su tiempo a la llamada Comunidad de Aldeas de Daroca, extinta en 1838, tras la muerte de Fernando VII.

¡Consigue nuestra última edición!

Si quieres estar al día de nuestros reportajes, o disponer de nuestra revista física.

Si hablábamos en el editorial anterior de la poda de los chopos cabeceros de Torrijo, también los chopos son motivo para una verbena en Monreal, que allá por el mes de junio invita a monrealenses y vecino de la comarca a pasar una tarde noche de diversión en la localidad.

El azafrán y su cultivo es una de las actividades características de este municipio turolense, hasta el punto de contar en el mismo con un museo del azafrán. En él se muestran más de 150 piezas que dan idea del proceso de elaboración, desde su siembra, recogida, desbrizne, tueste y pesaje.  Este fue uno de los cultivos tradicionales de la España de antes de 1936, y que luego se ha visto reducido a pocas zonas de cultivo. Los fríos inviernos y cortos veranos, así como una altitud en torno a los 800 metros sobre el nivel del mar, hacen de Monreal y en general del Valle del Jiloca, un espacio ideal para este cultivo.

Como puede verse una ciudad que se ha rehecho a sí misma en torno a un desparecido castillo, que fue y es un símbolo de su esplendor. Me viene a la memoria la letra de una canción del recientemente desaparecido Alberto Cortez: «Y construyó, castillos en aire / a pleno sol, con nubes de algodón,/ en un lugar, adonde nunca nadie/ pudo llegar usando la razón.» No use pues la razón el lector de La Tajadera y deje volar la imaginación reconstruyendo mentalmente el esplendor de Monreal, que aún conserva e invita a visitar.

Por cierto, a poca distancia del municipio se encuentra uno de los parajes naturales más bonitos de la provincia de Teruel, los «ojos del Jiloca», lugar en el que la tierra, alumbra un rio y una hermosa comarca.