Edición 6, mayo de 2018

Editorial

Aragón es una tierra sorprendente. Cada paso; cada paraje; cada piedra atesora belleza y en muchas ocasiones una historia extraordinaria en la que recrearse.

Hace unos días —tan solo unos pocos— se celebraba en la Comarca de Calatayud un centenario, mejor dicho, un octavo centenario. Y es que en 1218 un Abad y una docena de monjes cistercienses, procedentes de otra parte de La Corona, del Monasterio de Santa María de Poblet en Tarragona, se hacían cargo de una encomienda del rey Alfonso II de Aragón, quien en el 1195 había cedido a la orden, una fortaleza musulmana a orillas del río Piedra, conocida por aquel entonces como el Castillo de Piedra Vieja. Allí se alzó el Monasterio de Piedra, sencillo y austero, ya que como rezaba el viejo lema que sostenían los observantes de la regla de San Benito, «nada debe distraer de la búsqueda de Dios.» Su arquitectura es expresión de la etapa de transición entre el románico y el gótico. Junto con el de Veruela, a los pies del Moncayo y el Monasterio de Rueda, junto al Ebro, forman un trío de inexcusable visita, si uno quiere conocer los orígenes de la provincia de Zaragoza, que son en definitiva los de esta tierra que conocemos como España.

Este asentamiento que se inició con doce frailes, poco a poco fue creciendo y en él se instalaron nuevos orantes, unos de coro (los que podríamos denominar propiamente religiosos) y otros conversos que se afanaban en el cultivo de las fértiles huertas que lo circundaban. El paso del tiempo no fue ajeno al Monasterio y las nuevas tendencias arquitectónicas y decorativas, también dejaron su huella en el Monasterio, que como todos los fundados en aquella época, dividía sus espacios en claustro, jardín central y galerías.

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Es de destacar la existencia de la llamada «galería de conversos», pues miembros del coro y estos últimos, habían de habitar en espacios separados dentro del recinto. El Cister, era consciente de la inmensa riqueza que suponía el agua, y en torno al cenobio de Nuévalos, hicieron gala de sus grandes conocimientos sobre hidráulica y los aprovechamientos de esta riqueza. Si el viajero se dirige al hermano Monasterio de Rueda —en Sástago, junto al Ebro— quedará impresionado por la enorme noria que los monjes construyeron al pie del mismo para ayudar al riego de las inmensas huertas que atesoraba. El monasterio además tiene una curiosidad que lo diferencia en su historia de otros cenobios. En la expedición de Hernán Cortes para conquistar Méjico, se integró Fray Jerónimo de Aguilar, quien a su regreso de la gesta, envió una remesa de granos, así como detalló la receta para elaborar el primer chocolate a la taza que llegaba a Europa. Era el año 1534. 

La desamortización de Mendizábal en 1835, supuso el abandono definitivo del convento. Decimos definitivo, ya que la Orden se vio obligada a abandonar temporalmente el espacio durante la Guerra de Independencia (1808) y en el Trienio liberal (1820 – 1823). Tras la desamortización, vinieron los saqueos y el deterioro del espacio, hasta que este fue adquirido por un millón doscientos cincuenta mil reales, por la familia Muntadas, quien contribuyó decisivamente a la revalorización del entorno. Jardines; cascadas (como la famosa Cola de Caballo); la primera piscifactoría que se hizo en España; espacios naturales de los que brotan estalactitas y estalagmitas como las que se aprecian en la Gruta del Iris… son parte de los numerosos encantos naturales que atraen al visitante y que han servido de inspiración a pintores, escritores, artistas, músicos y poetas durante generaciones.

Un hotel y las propiedades de sus aguas, completan esta oferta en la Comarca zaragozana de Calatayud, que el viajero debe visitar, al me-nos, una vez en su vida.